Existe un ejercicio para el aficionado a la historia italiana, que consiste en mencionar una familia y repetir de donde provienen: Sforza, de Milán, Medici, de Florencia, Orsini de Roma. Si se considera la etapa en la cual la mayoría de estas familias existieron, acaso tales nombres engloben movimientos y sucesos que permiten una exploración constante del movimiento que funcionó como una transición. ¿ Qué mejor para hablar de movimiento, que la transición ?
La escultura depende de la luz exterior, incapaz de representar la transparencia, y al utilizar la fuerza de los brazos para hacer salir una figura que está allí encerrada, el artista doblega la potencia del silencio y lo transforma en imagen. Es este el primer descenso. Más tarde, la imagen será utilizada como un nodo del cual surgen infinitas degeneraciones que diluyen a la palabra de significados, que terminará por erigir una civilización de palabras, es decir una civilización malsana.
Cuando Da Vinci pensó el monumento ecuestre para la familia Sforza, consideró al caballo primero y al caballero después. Empero, no consiguió terminarlo, y en cambio fue blanco de la puntería francesa al mando de Luis XII. La postura del caballo fue un inconveniente. Quería hacerlo galopando. Cuando estudiaba los caballos en el palacio San Severino descubrió que el movimiento volvía más bello al animal, y que la esencia de este movimiento implicaba, inevitablemente, que no todas sus patas estuvieran apoyadas en el suelo. (Acaso esta fue la verdadera metáfora de Da Vinci)
Cuando Da Vinci pensó el monumento ecuestre para la familia Sforza, consideró al caballo primero y al caballero después. Empero, no consiguió terminarlo, y en cambio fue blanco de la puntería francesa al mando de Luis XII. La postura del caballo fue un inconveniente. Quería hacerlo galopando. Cuando estudiaba los caballos en el palacio San Severino descubrió que el movimiento volvía más bello al animal, y que la esencia de este movimiento implicaba, inevitablemente, que no todas sus patas estuvieran apoyadas en el suelo. (Acaso esta fue la verdadera metáfora de Da Vinci)
Entonces, tuvo que diseñar un caballo al paso, naturalmente menos dramático, pero que conservaría una fisonomía imperiosa. Lo que se pierde en vehemencia diabólica, se gana en dignidad apaciguada. ¿No era este el leitmotiv de los abiertos de polo en Buenos Aires ?
Con el mismo magnetismo que en una película pornográfica, lo transparente de las esculturas andantes, las personalidades del abierto de polo, me impregnaron de lo vulgar cotidiano de Buenos Aires: el Perclorato de Snob (Sb). El abierto de polo, como un desfile de Giordano (me refiero al débil), donde la idea del oro, ademas de la estética, gobiernan la ciudadela que limitan en cierta rectitud de ángulo, el Libertador y Manuel Dorrego. Antaño traspasaban a caballos los límites de la libertad impuesta, y que por gracia de la finitud de la carne, no alcanzaron a ver la penosa actualidad ecuestre.
Hoy, apenas corrían unos pocos metros hacia un lado o el otro -según el chukker- tras la pasiva expectación de los que no encontraron paz un sábado. En el campo verde -libre de malezas- el hombre hablante hizo del animal su servidor mudo, y lo convirtió entonces en un vehículo de juego y de valor. Mientras los caballos fornidos y parcialmente ciegos corren según la urgencia de sus jinetes, en las barracas repletas de saboreadores de whiskey y empanadas se buscan caras que iluminen como una pepa de oro la oscuridad de una mina. Los cazadores buscan las nuevas banderas de la marca, analizan la forma de crear una tendencia a partir de un nuevo vehículo: el hombre. En este punto, ¿ no se ha vuelto la cara del hombre, lo que el caballo para el jugador de polo ?
Nadie miraba el polo, eso era un hecho. Quien acaso pusiera mayor atención en el desarrollo del juego, estaba buscando yeguas para algún negocio futuro. El cuadro clásico que Luca Prodan hubiese deleznado, pero en el que cabía perfectamente. Pues, lucir su cabeza pelada para exigir el conocimiento del asco que le producía la sociedad -siempre fuera de su tierra de origen-, era exactamente lo mismo que generaba el arquetipo del hombre que paseaba por los pasillos del Campo de Polo: vacuidad. Luca Prodan, que bajo el mito de Buenos Aires libre de heorína -pero ahogada en ginebra-, desembarcó en nuestra tierra, germinó su semilla en esta querida ciudad, reforzando la condición más detestable que venía gestándose desde hacía 500 años: El Snobismo. No hace falta saber mucho de historia -y mucho menos de música- para entender que el que se asquea de su formación y decide soltar su ira lejos de su origen, es alguien débil.
Los pobres caballos rotulados bajo nombres "lamparita" ignoraban el guión de la fiesta. Si supieran que todo el circo estaba montado para los monos que se paseaban de parador en parador, buscando - copas de champagne en mano - la nueva oportunidad de negocio, hubieran exigido un lugar más privilegiado que el de ser montados por aristócratas de doble apellido, y de alma doblemente vacía. No tengo dudas que los caballos -en potencia- amaban a Da Vinci y odiaban al jugador de Polo. El espíritu reformista -construir y tirar abajo- de los stands de las marcas ejemplificaba lo inútil de la tertulia, lo alejado que estaba todo eso de un acto de creación mayor, de evolución, y que no hacía otra cosa que reflejar lo que el sol ya iluminaba: la lapidación irreflexiva del mundo de la imagen de Buenos Aires.
¿Cuál era, entonces, el movimiento que podíamos pretender? ¿ Ocurría entonces en Buenos Aires alguna transición ? ¿ Qué se entendería desde la imprecisión que se gana a medida que se asciende, de la imagen del abierto de polo ?. Nadie podía pretender que en este escenario se debatiera sobre la sociedad llorando en la siesta de su voluntad, los valores silenciados en las bibliotecas. La accesibilidad permitía un alcance de apariencia mayor, pero era justamente esa la condición que la volvía decadente.
Me pregunto si no sabría Da Vinci, ya en su ofrecimiento como escultor del monumento Sforza, de la próxima invasión francesa, y de la imposibilidad para culminar su obra. ¿No estaría diciéndonos Leonardo que lo verdadero es el silencio al que nos somete la belleza del alma ? ¿ No habrán sido esos ojos franceses, que primero usaron como herramienta de precisión en sus cañones, los mismos que más tardes refinaron como herramienta de creación?. ¿ No es la desprendida pretensión arquitectónica de Buenos Aires, una gota de esta transición que supo capturar Francia ? No son estos tiempos un eternometraje que muestra a nuestra ciudad carente de espíritu, en su intento desesperado por ganar -por fín- una identidad ? ¿Hasta dónde llegará la degeneración de la voluntad antes que la creación sea olvidada ? ¿ Cuándo esta ciudad tendrá otra cosa para contar que la nostalgia del tango, lo curtido del gaucho, el pasado de la poesía ?.
Hacia algunas décadas que la maquina había relegado al pensamiento en su necesidad de existencia, y eran inconfundibles las germinaciones de semejante reemplazo. No había que tener mucho para decir para ser escuchado; sin embargo los nuevos pensadores, comenzaban a sucumbir en el silencio que dominara antaño a Rimbaud
y a Hölderlin.
El Hombre. Uno detrás de otro. Esa aparente complejidad que ofrece en los comienzos del siglo XXI, que deja ya de llamar la atención por nuevo, y alerta en su vaciamiento veloz.
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